lunes, 20 de marzo de 2017

Happening

I

Ubico la almohada en el extremo opuesto del colchón, es decir, dónde suelen ir los pies, y me acuesto, desde allí, puedo ver un pedazo de cielo a través de la ventana. Maldición, otra vez esta ansiedad que me oprime el pecho. Frente a la ventana hay un árbol, es un viejo álamo que mide lo mismo que el edificio. El cielo despejado ofrece una visión nítida de las constelaciones y por detrás del árbol y del resto de los edificios resplandece la luna con toda su calma. Yo, en cambio, la calma, es algo que he perdido. ¿En qué momento se fue todo al carajo? ¿Dónde estará este bastardo? ¿Cómo nunca me di cuenta que siempre fue un gusano? Me reincorporo y me asomo por la ventana. En el edificio de en frente resalta una luz encendida. En el interior del departamento vecino veo una mujer. Ella se peina frente a un espejo. Su cabello aún está mojado. No llego a ver su rostro. Ella se sienta frente a una computadora y comienza a escribir. De pronto se mueve y desaparece de mi campo visual.
Vuelvo a la cama, pero no consigo dormirme. Ahora observo mi propia casa. Impera el desorden. Un desorden inusual, pero que se fue acumulando de forma considerable, la falta de trabajo y de voluntad en líneas generales han hecho de mí una suerte de criatura alienada, carente de todo tipo de fé. Todo esto, agravado por el dolor y la furia que provoca una traición. ¿Cómo pudo, un amigo, hacerme algo así? Hablo de Álvaro Gutiérrez, el último ganador del concurso literario “Eugenio Cambaceres”, quien se apropió del primer premio con una módica suma de $ 500.000 en bruto gracias a un texto que no le pertenece. Un texto de mi autoría, que en un acto de brutal ingenuidad yo mismo le ofrecí firmar, conducido por una insólita ambición: la de poder participar en el mismo concurso con otro texto, al que por supuesto, creí un potencial ganador.  Esto sucedió hace ya tres semanas. Álvaro Gutiérrez desapareció con mi dinero y yo no voy a parar hasta encontrarlo.

                                                                              II
Voy a la cocina, preparo el mate. Mientras el agua se calienta pienso en las motivaciones que conducen a alguien a ejercer la traición, y al mismo tiempo analizo las posibilidades concretas de una venganza real, una venganza empíricamente realizable. ¿El dinero, la ambición, la avaricia? ¿Cuál es la motivación de alguien que decide convertirse en un ser infame? El agua esta lista y me dirijo a la mesa, que se encuentra repleta de papeles, apuntes de la facultad, boletas de impuestos vencidos, tazas de café que se han tornado ceniceros, cuadernos, canutos y libros sucios, todos mezclados, apilados y distribuidos indistintamente. Pretendo ordenar un poco el caos de la mesa de trabajo, agarro varios libros y los devuelvo a la biblioteca, allí, perdido entre los demás, encuentro el volumen de la antología poética publicada por el maestro San Miguel. Él fue, hace años, quien nos impuso el vicio de participar en concursos literarios. Él fue, quien siempre nos decía que esa era una de las pocas maneras que teníamos de ganarnos la vida con el triste oficio de la escritura. Nunca imaginé que esa frase retumbaría tanto en mi cabeza como ahora.
Esa publicación fue el resultado del taller que realizamos con el poeta San Miguel durante dos años, y fue también, mi primera publicación. Un poema amateur que vinculaba la posibilidad de un suicidio colectivo con alguna posible forma de protesta. Un acto poético suicida que por aquél entonces me resultaba un gesto inspirador, tanto a mí como varios de mis compañeros. Hoy, mientras cebo el mate y ojeo el texto, rescato algunos pasajes que no suenan tan ambiciosos como el título del poema: “Toda la miseria del mundo y un par de frases de amor inexplicables a las tres de la mañana”. Comprendo que de algún modo fue, además, el origen de todo este  nefasto episodio, ya que fue en ese taller dónde conocí a Álvaro Gutiérrez.
El querido San Miguel, probablemente haya sido el último poeta maldito de toda la zona de Almagro, Boedo y Abasto. Incluso diría que su reputación se extendía hasta los inexplicables límites de San Cristóbal. Un hombre generoso que supo instruirnos con su particular visión del mundo y la poesía. Una visión humilde y melancólica en la que no faltaba el rigor poético de los de su generación. Una generación esquiva, por no decir perdida en la falopa.  San Miguel fue un buen maestro, y a la vez, un desdichado. El taller lo dictaba en el departamento de su ex esposa, quien vivía allí con Clara, la hija de ambos. Estaban separados hacía más de un año y medio, y el poeta vivía en una pensión de mala muerte a pocas cuadras de allí, en la sombría zona del barrio de once, llena de transexuales que ofrecían sus servicios en plena luz del día. La dueña de la pensión le prohibía realizar las reuniones periódicas con sus alumnos, entonces su ex mujer le permitía seguir realizando el taller en su antigua morada, a cambio de la manutención correspondiente para su hija. Aún recuerdo el gesto de desprecio con el que nos observaba al llegar a su casa y encontrarnos aún reunidos leyendo, o corrigiendo algún texto, extendiéndonos sin saberlo del horario pautado.
Unos meses después de ver publicada su antología, San Miguel apareció muerto gracias a un cóctel de antidepresivos y ginebra en la pieza de aquella sucia pensión. Fue un gran golpe para todos nosotros. Las pericias no supieron precisar cuánto tiempo hacía que el cuerpo permanecía allí, pero se especuló que habrían sido al menos tres días, puesto que el cadáver se encontraba en estado de descomposición. Siempre me conmovió la imagen del poeta pudriéndose en su propia soledad. A San Miguel le estoy profundamente agradecido por todo, excepto, por haberme presentado a quien hoy es mi enemigo.


III

Hoy volví a ver a la vecina. Es hermosa. Fue por la mañana, se asomó a regar las plantas de su balcón. En cuclillas humedecía, una por una, las macetas y en ese acto milagroso pude ver sus tetas a través del escote. Unas tetas iluminadas por el sol tenue de la tarde, que evocaban el más puro amor maternal. Allí permanecí hipnotizado un instante, observando a la bella vecina misteriosa hasta que sonó el teléfono y me rescató del trance voyeurista. El llamado resultó ser de Aina Fontana, una vieja amiga, y excelente poeta de la cual todos estuvimos enamorados en algún momento. Por supuesto, Álvaro también, y hasta dónde pude llegar a saber, siempre siguió interesado en ella. Aina siempre supo contar con una cómoda posición económica y eso le  facilitó muchas cosas, entre ellas el desarrollo de su carrera literaria. Con apenas 24 años ya tenía varias menciones en concursos de poesía y una novela breve publicada por una editorial que promovía autores emergentes. Cada tanto, Aina solía organizar veladas literarias en su cálida morada del barrio de Palermo, eventualmente me llegaban invitaciones y nunca acudía por diferentes motivos, pero esta vez todo era distinto.
Allí se amontonaban poetas, músicos, y artistas de las más variadas disciplinas. Hacía tiempo que no hablábamos así que manifesté mi grata sorpresa al recibir su llamado. Ella se explayó dándome las coordenadas de su nueva casa, en la que además de música en vivo y unas breves piezas teatrales, muestras y performances habría lo que suele llamarse un “recital de poesía”, al cual me estaba invitando a participar. La primera reacción fue apelar a mentiras banales como la falta de tiempo por el acopio de trabajos atrasados, luego le dije que desde hacía mucho tiempo estaba distanciado de la poesía, pero que no dejaba de enorgullecerme su invitación y cuando estaba a punto de rechazarla por completo dejó deslizar que habría muchos colegas de los viejos tiempos, de hecho, había invitado a todos nuestros ex compañeros del viejo taller de poesía.
Estaba contenta porque Álvaro había confirmado su presencia, que todos se sentían muy orgullosos por lo del premio, que si me había enterado. En ese instante hubo un vacío profundo, como un silencio insondable entre su voz y la mía, pero que no provenía de la línea telefónica sino del acantilado de mi mente perturbada. En un segundo imaginé la posibilidad de humillar a aquel bastardo delante del todo el círculo de snobs desagradables que siempre lo rodea. Así que en ese preciso instante le dije: “Aina, bancame que anoto la dirección y veo si me puedo pegar una vuelta aunque sea un rato, aunque no te aseguro nada.”

IV
El resto de la semana me enceguecí diagramando los pasos a seguir. Aquella invitación había brindado un nuevo rumbo a los acontecimientos. Es cierto que había demasiadas posibilidades de que Álvaro no asista a la fiesta. Sin embargo, no dejaría pasar la oportunidad, por más remota que fuera, de una posible venganza y así conseguir alguna suerte de redención. Una insólita sensación de placer se apoderó de mí y me condujo hasta el cajón en el que guardé durante años, el viejo revólver de mi padre. Un calibre veintidós que es más un objeto de colección que una extraña herencia paterna. Nunca supe su real procedencia y jamás había pensado en usarlo, pero tampoco había tenido la necesidad de hacerlo. Recuerdo el intenso olor a pólvora quemada la primera y única vez que vi el arma en uso, era navidad y fueron tres disparos contra el suelo del terreno de un vecino y amigo de mi padre. Aquel fue un gesto profano y llamativo hacia nuestra inocencia, sin embargo ahora mi perspectiva hacia ese hecho se ve completamente modificada.
Había conservado el revólver por puro descuido, más por inercia que por cualquier otro interés. Tal vez por no saber demasiado sobre los trámites para realizar el desarme que por ningún otro motivo. Fui hasta el cajón del armario y ahí estaba, descargada, sin embargo poseía todo su potencial, esa belleza que solo lo puede ofrecer lo definitivo. El peligro genera un encanto inquietante, un arma descansa en un cajón entre medias rotas y calzones viejos y eso solo significa que aún existe alguien que puede disparar. Agarré el revolver con decisión, apunté al espejo, y gatillé Se oyó el martillazo impactar contra la base de metal, con un golpe seco, un sonido inconfundible. ¡Clac! Y un segundo después el silencio se sintió incómodo. Por un instante, me sentí poderoso.

V
Llegué a la casa de Aina alrededor de las doce de la noche., lo suficientemente intoxicado como para afrontar cualquier decisión. Hace dos noches que no duermo. Estoy sumergido en un trance confuso que oscila entre el sueño y la vigilia. Ya visualicé en mi mente tantas veces el momento de su rendición, que casi he olvidado el motivo. Álvaro de rodillas a punta de caño en su cien, implorando clemencia. Una y otra vez esa imagen figurada en mi mente. Estoy mareado, al ingresar al lugar me recibe un desconocido que dice conocerme, ¿Este quién es? se fija en mi aspecto, dice que huelo a alcohol, maldición, es probable que sea cierto, no quiero llamar la atención de nadie, así que le pregunto en dónde está el baño y me encierro. Me lavo la cara y las axilas con jabón, bebo agua y me sirvo un pase. Una pequeña dosis más para despabilar. Una sensación de poder invade mi cuerpo y siento el sudor en la palma de mis manos, saco el arma y la observo con detenimiento. Está fría. Solo tengo que esperar el momento indicado, encontrar a Álvaro y separarlo de la fiesta, exigirle que me devuelva la guita, tal vez humillarlo un poco delante de todos no sea una mala opción, pero me expondría demasiado a un posible llamado a la policía, estoy pensando en todo esto cuando golpean la puerta del baño. Ocupado.
Guardo el arma, me lavo las manos, me enjuago la boca, unas gárgaras, me vuelvo a poner la camisa, perfume, otro pase y salgo. La fiesta está muy bien, veo mucha gente, chicas bonitas bailando entre ellas, sonrientes, me siento como un verdadero psicópata, es divertido, sonrío, recorro la casa, suena una música distinta en cada uno de los ambientes. En el patio hay una barra, me acerco y pido whisky, un hielo. En eso aparece Aina con dos amigas que me saludan amigablemente, las tres parecen ser amantes, fuman y me convidan, acepto por cortesía, sonríen y  me invitan a bailar. Pienso que bailar con un revólver en la cintura no es lo más conveniente, les digo que no sé bailar. Aina me pregunta si voy a leer, le digo que no tuve tiempo de preparar nada, que me disculpe, me dice que está todo bien, que será la próxima y agradece por haber venido, afortunadamente en ese momento aparece alguien que llama su atención, y se aleja para seguir saludando gente. Intento ser cauteloso y pasar desapercibido, por suerte hasta ahora no he visto a ningún conocido además de Aina, me refugio con mi whisky en un rincón tranquilo a beber y contemplar, pero no veo señales de Álvaro por ninguna parte.

VI
De repente tengo la revelación ¿Es ella? No lo puedo creer, en la sala contigua, sentada con un violonchelo entre sus piernas, al lado de un violinista: mi vecina, la vecina mas hermosa del mundo. Ejecutan una maravillosa música proveniente de otro tiempo, de siglos pretéritos donde aún no existía el odio aunque si la ambición y la venganza. La música me lleva hasta la sala contigua y mis ojos pueden comprobar que sí, que efectivamente es ella y que el universo es a veces demasiado mezquino y otras veces puede ser perfectamente sabio. Es ella, mi vecina, está allí, con sus tetas, inmaculada e iluminada por su música profana y yo acá, intoxicado y pasado de revoluciones, esperando a tientas para convertirme en un criminal. Todo parece indicar que lo que buscaba no es precisamente lo que el universo está dispuesto a ofrecerme. Me siento y escucho. Puedo dejarme llevar por esa melodía, suenan el violín y el violoncelo como un coro de voces angelicales en mi cabeza, comienza a juntarse gente en la sala evidentemente atraída por la música, de pronto todo deja de parecer una fiesta para pasar convertirse en una ceremonia sagrada en la que seres mitológicos se camuflan detrás de sus cócteles. En eso, se aproxima una muchacha, cual querubín alado, ofreciéndonos a todos los presentes desde una bandeja unas gomitas de colores muy divertidos, al pasar deja oír en un susurro que contienen LSD, que consumamos con cuidado. Me como dos, una verde y una azul.  A partir de este momento la sucesión de los hechos se precipita considerablemente. Solo sé que los aplausos irrumpieron en el aire, y los rostros que habitaban en la sala comenzaron a volverse cada vez más extraños, prácticamente deformes, las sonrisas me resultaban violentas, asesinas, un encadenamiento de gestos satánicos  por parte de la anfitriona nos presentó al dúo que acababa de interpretar dos piezas del barroco tardío y que a continuación, en la siguiente sala íbamos a poder deleitarnos con la performance de “Cipriano, el Poeta”. En ese instante, hubo algo, en medio de la melaza psicodélica que bañaba mi mente, que sin embargo pudo dilucidar que se trataba de Álvaro. Tengo que bajar un poco. Pensé. Necesito algo de agua.



VII
Es él.  Es Álvaro, puedo identificarlo a pesar de su personaje encapuchado y con lentes de sol, tiene un micrófono en su mano y lo golpea para corroborar si se encuentra conectado, toc toc toc, se oye en el aire inquieto, y procede a presentarse: “Buenas noches damas y caballeros, soy Cipriano, el poeta”  dice, algunos sonríen, posiblemente lo conozcan, observo algunas caras  conocidas entre el tumulto de gente, Álvaro se muestra tranquilo, acaricio el revólver en mi cintura y mis palpitaciones aceleran, me acerco un poco más hasta el lugar de la acción y en ese momento Álvaro se sube a una de las mesas, al hacerlo patea algunas copas de vino que caen y estallan en el suelo como en un gesto premonitorio que nadie llega a advertir, el vino desparramado en el suelo, el vidrio roto, la gente sonríe, otros se alejan incómodamente, él solicita atención por favor, la gente hace silencio:
“¿Por qué carajo ustedes creen que la gente muere?
¿Por qué si? Les aseguro que no, idiotas.
Hoy les traigo a todos su redención.
Ya no me alcanzan las palabras,
La poesía ya no me habla.
Todo es vacío
¿O acaso no pueden oír ese silencio insoportable?
Lo único que me interesa en el mundo
es una mujer hermosa,
que fuma  en silencio
y se siente poseída
por el humo azul
de su cigarro,
ella me ignorará por siempre,
y por eso la amo.”
En ese instante procedió a sacar un arma de su bolsillo, algunos se alejaron horrorizados, otros observaban con atención su performance y apenas podían seguir sonriendo, Álvaro se quitó su capucha y observé cada uno de sus movimiento que ahora parecían suceder en cámara lenta, cuando llevó el caño a su sien comprendí que la historia  estaba cobrando un giro definitivo, que en realidad era él quien la escribía.
Entonces pronunció su epitafio, las últimas palabras:
“¿Tus palabras no sirven de nada?
Entonces dispara sobre tu cabeza.”
Y procedió a volarse la tapa de los sesos frente a todos nosotros.

Fue impresionante verlo. Un escándalo. Gritos. Llamen a la policía. Aina se desmayó cerca del cadáver. Cerca de la sangre que no era su sangre. Cerca del cuerpo muerto de Álvaro Gutiérrez mezclado con los cristales rotos y el vino derramado.  Los gritos. El Llanto. La locura. El happening. Mierda. La poesía criminal. El arma en mi bolsillo. La sangre. Los gritos. La venganza esfumándose frente a mis ojos. Álvaro muerto, Álvaro Suicidado. Álvaro hecho arte. No entiendo nada. Estoy drogado. Estupefacto. Inmóvil. La gente grita y llora, me llevan por delante. Tengo un arma y soy inocente. La vecina aún está allí. La veo y me mira, me acerco y la consuelo como puedo. El olor a pólvora mezclado con la sangre. El olor a muerte mezclado con la poesía. La venganza. El olor a mierda de la poesía muerta. La sangre, su cabeza destrozada. La poesía definitiva. La vecina está cerca mío, ¿Estás bien? ¿Qué te parece si mejor nos vamos de acá? Conozco un bar que queda acá cerca. Vámonos. Entonces ella agarró su violoncello y nos fuimos de la fiesta antes de que llegue la policía.

lunes, 3 de febrero de 2014

El tercer riel.

Gervasio Flores está sentado en un banco del andén y observa pasar los trenes mientras fuma su cigarro. La estación aún está vacía, aunque los últimos pasajeros nocturnos están por llegar. Podría pasar así toda noche, sumido en el trance hipnótico que le provocan los trenes. Se oye la sirena que anuncia una nueva llegada. Mira su reloj y le da una larga bocanada a su cigarro. Al pasar, el tren desarma las volutas de humo hasta entonces suspendidas en el aire. Unos pocos pasajeros descienden de los coches. Gervasio observa las luces que se filtran desde el interior de los vagones, que iluminan provisoriamente la noche, escucha el crujiente sonido de las ruedas de metal sobre los rieles y piensa en esos signos como portadores de una belleza insólita en la quietud que lo rodea. Por un instante se siente satisfecho

Su afición a los trenes podría considerarse al menos extraña. Ya que se trata de un fanatismo que oscila entre la adoración y la fobia. Suponiendo que una no excluye a la otra. Incluso podría llegar a ser visto como algo patológico. Algunos lo llamaron "El ferrófilo del Oeste", pero a Gervasio Flores nunca lo inquietaron las habladurías. Ya desde muy chico el ferrocarril suscitó en él una enorme admiración. La fuerza imponente de aquellas enormes locomotoras le resultaba algo desconocido y asombroso. Y de algún modo cuando cumplió diez años y recibió como regalo su primer tren en miniatura para armar, fue como si su destino hubiese quedado prefigurado para el resto de la vida.

Hoy, Gervasio Flores acaba de cumplir treinta años y para celebrarlo, se trajo una botella de whisky escocés que consiguió a buen precio en una licorería del barrio. Apagó el teléfono para evitar los saludos y se vino a contemplar los trenes. Ya lleva seis horas en la estación de Caballito. Primero deambuló por la estación, contempló a los pasajeros anónimos que pasaron junto a él ignorándolo por completo, después se acercó a las vías y observó los rieles con atención, entonces recordó la anécdota de “el tercer riel”, esa que una vez le mencionó un viejo guarda de estación, cuando él era apenas un niño y solía escaparse del colegio para irse a andar en tren.

A veces lo hacía con algunos compañeros que se fugaban junto con él y que al principio encontraban entretenida la inocente travesura. Se subían al Sarmiento con la valiosa excusa de que los estudiantes con guardapolvo no pagaban boleto y se pasaban la tarde yendo de una punta a otra del recorrido. Lo tomaban en Ramos Mejía y se dejaban llevar de Once a Moreno, para luego volver a Ramos. Así, ocupó muchas tardes de su infancia. Mirando pasar la tarde por la ventanilla de un tren, viajando sin sentido alguno. En ocasiones, Gervasio sacaba la cabeza por la ventanilla y experimentaba una sensación parecida a la libertad o a la gloria, se sentía poderoso, como si fuera parte de aquellas imponentes máquinas.

Sin embargo la tarde que el viejo guarda lo regañó por bajar del andén, Gervasio estaba solo. Esa tarde, ninguno de sus compañeros lo había seguido, acusando de aburrida y reiterativa la expedición a los trenes. Fue en la estación de Ituzaingó que Gervasio decidió bajar para comprar una gaseosa, y esperando el tren de regreso vio una reluciente moneda  entre las piedras que rodeaban a los rieles. Observó ambos lados de la vía y no venía ningún tren entonces pegó el salto y se lanzó en busca de aquel tesoro cuando el guarda apareció tocando un silbato y el rostro enfurecido. Gervasio llegó a tomar la moneda y cuando el guarda pidió explicaciones Gervasio extendió la palma de la mano, declarando que era la única moneda que tenía, que se le había caído y no podía perderla: “Si llegás a tocar el tercer riel quedás fulminado en el acto nene, nunca más vuelvas a hacer esa locura”. Sentenció el viejo.

Gervasio Flores bebe de su botella de whisky envuelta en papel de diario y examina los rieles, en busca de ese capaz de fulminarte en el acto con una descarga eléctrica. Pero no lo distingue con claridad y se frota la frente. Ya no recuerda si espera la llegada de alguien en aquel andén y se abandona a la mera contemplación. El timbre de la alarma irrumpe la marea de pensamientos borrosos que experimenta Gervasio, que regresa despacio a aquel banco de cemento en la estación. Los automóviles se detienen en la esquina, detrás de la barrera que comienza a descender y pueden observarse aparecer en el horizonte las luces de la locomotora que avanza, invencible, sobre los rieles.

En su niñez, Gervasio Flores solía viajar en tren hasta la costa atlántica junto a toda su familia, en aquellos años el ferrocarril que salía de Retiro llegaba a la estación portuaria de Quequén y de allí había que tomar un colectivo hasta Necochea. Aquel verano, cuando su abuela le contó que muchos de los pueblos que atravesarían en el camino se habían convertido en pueblos fantasmas, precisamente, porque el tren había dejado de pasar por allí durante muchos años, Gervasio quedó fascinado con la historia. Y pasó la noche en vela, anotando en una libreta los nombres de cada una de aquellas estaciones. El tren atravesó pueblos hundidos en la penumbra de la noche, pequeños poblados perdidos en el medio del campo, de los que solo quedaba un cartel de referencia en cada estación. Finalmente Gervasio se quedó dormido y soñó que algún día volvería a visitarlos. Pero eso fue algo que nunca pudo concretar.

Cuando Gervasio se mudó junto con otros dos amigos a una antigua casa en el barrio de La Paternal tenía dieciocho años y estaba de novio con Andrea, una joven estudiante de diseño de indumentaria de refinada belleza, delantera fatal y buen sentido del humor. Se pasaban las tardes y las noches encerrados en aquella habitación. La casa se ubicaba en un pasaje a metros de la vía del tren y por las noches, cada vez que éste pasaba, podía oírse el estruendo que muchas veces los despertaba, aunque otras veces, en cambio, el sonido que provenía de las vías los hacía fantasear con la idea de irse juntos a pasear en tren, como cuando Gervasio era chico, mientras el estruendo de la locomotora sonaba como si atravesara la habitación.

Después vino la muerte de su padre, arrollado por un tren en la estación del barrio Villa Madero, partido de La Matanza. La pericia fue dudosa y el forense nunca supo determinar si realmente se trató de un accidente involuntario o de un suicidio deliberado. Mas tarde, algunos testimonios informaron que el piloto de la locomotora advirtió un bulto en medio de las vías y ejecutó la bocina en reiteradas oportunidades pero el hombre permaneció inmóvil, a la espera del impacto.

Este hecho marcó la vida de Gervasio Flores para siempre y a partir de este desafortunado episodio, no puede ver, o incluso oír, pasar un tren sin pensar en la muerte. Sin plantearse en las innumerables posibilidades que brinda el suicidio. Una salida drástica entre otras posibles maneras de escaparle a la vida. Y la relación se establece con una potencia reveladora, piensa en la muerte como un tránsito de una realidad a otra. Es simple. El tren como medio de trasporte de ese tránsito entre diferentes destinos. La estación de Villa Madero podría ser un destino, y otro muy diferente podría ser la eternidad. Gervasio no sabe si espera algo concreto porque ya lo olvidó, pero bebe de su botella y espera la llegada de otro tren. Intenta olvidar su aniversario pero lo único que consigue es arrojar luz a las sombras en su memoria.

Ahora Gervasio enciende otro cigarro cerca de las vías y observa los extensos rieles capaces de comunicar una ciudad entera, mira las vías y ya no encuentra señales del porvenir, sino todo lo contrario, algo así como una cuenta regresiva que se aproxima al final con el arribo del último tren. Gervasio asume con osada gracia el desafío de pensar en la eternidad como algo demasiado valioso para que otros puedan comprenderlo. Por eso fuma y espera el último tren de la jornada, ese que pasa a las doce menos cuarto de la noche. Y no hace más nada, aparte de pensar en la puntualidad, o rememorar aquellos viajes de la infancia, cuando sacar la cabeza por la ventanilla del vagón y sentir el golpe del viento sobre la cara era lo más parecido a la libertad y cierra los ojos, porque a lo lejos se pueden ver la luces de la locomotora que avanza a toda marcha y suena la bocina que anuncia su llegada y Gervasio se prepara: está listo para saltar.







miércoles, 21 de agosto de 2013

Cafeomancia

Tengo un sueño recurrente: Viajo en un tren sin pasajeros  y  no tengo conciencia de mi destino final. Dentro del vagón el calor es intenso, insoportable. Asomo la cabeza por la ventanilla: el aire es tibio y las hojas de los árboles, violáceas. De pronto sube una mujer y se sienta delante de mí. Solo puedo verla de espaldas pero creo reconocerla. Cuando me acerco para saludarla veo su rostro y es espantoso. No es quien yo creía, sino una horrible anciana que me mira con ojos negros y comienza a reírse. Tengo miedo. Despierto con un sobresalto, son las ocho de la mañana y me espera una entrevista laboral.

Abro la llave de la ducha. El agua me quema, tardo demasiado en conseguir la temperatura ideal. La sensación de angustia disminuye. El inconsciente es un territorio misterioso que se alivia con un poco de jabón. Pienso en Sofía y en las posibles formas que puede adoptar la locura. Pienso en Sofía y en sus delirios esotéricos, en su afición al tarot, y de pronto, el rostro fantasmal de la horrible anciana, todo se mezcla en mi cabeza. Aquel aprendizaje del horóscopo maya y el azteca, las Runas, y el I Ching coincidieron con nuestro declive amoroso y posterior separación. Cuando la realidad adopta el clima de una conspiración fundada en la magia negra  nada puede ser casual.

Alucino una marea de sospechas, desconfianza y emboscadas. Mientras me visto, contemplo la posibilidad de cancelar la entrevista, pero mis argumentos resultan inverosímiles hasta para mí. Salgo hacia la cita. Al llegar me recibe un hombre de barba candado vestido de negro, traje y corbata que me resulta sospechoso. Me ofrece llenar una planilla que pregunta: nombre, edad, lugar de procedencia, posibles conocidos dentro de la empresa. Mi ataque paranoico me conduce a inventar una nueva identidad. Salgo de la entrevista sin saber bien que hacer. Camino sin un rumbo preciso. Si la llamo a Sofía y le cuento lo que me pasa tal vez se asuste y piense que enloquecí, me recomendaría terapia y esta vez con fundamentos más sólidos que las veces anteriores. O tal vez solo se ría un poco. O tal vez yo podría tomar el coraje y decirle volvé que te extraño y ella no responda y opte por colgar el teléfono. No estoy seguro. Necesito calmarme. Sentarme y pensar.

Entro en un bar. El aroma a café me tranquiliza, sobre las mesas, pequeños fanales con velas rojas, ofrecen un aire de santuario. En una de las mesas del fondo una solitaria anciana con un pañuelo en su cabeza, en otra mesa, una pareja sonríe frente a coloridos licuados. Un espejo reproduce la escena para los transeúntes que observan hacia adentro al pasar por la vereda. Veo un cartel:Cafeomancia, lectura de la borra del café, "consultar aquí". Le pregunto a la camarera y me señala a la anciana del fondo. Tenés que hablar con la gitana, me dice. Veo a la anciana levantar su mirada del libro, como si hubiera oído mi pensamiento, mira hacia mí y hace un gesto afirmativo con la cabeza. Toda la curiosidad se transforma en adrenalina, algo parecido al miedo. Me acerco, sentate acá hijo. Veo sus ojos negros y recuerdo el sueño. 

Me da las indicaciones: no hace falta tener fe, voy a beber el café de a pequeños sorbos. voy a pensar en eso que no me deja dormir. Le hace una seña al mozo y me traen un pocillo de café de un pálido sabor anisado. Bebo despacio. Al terminarlo le acerco el pocillo. La gitana lo observa en silencio, los minutos parecen eternos y cuando menos lo espero, lo gira de golpe contra el plato. Entonces vuelve a mirarme y me clava sus ojos negros.

Habla de un camino largo y difícil,  pero correcto. Habla de construir algo sólido. Me da buenos presagios a corto plazo. Tenés que confiar más en vos. No comprendo demasiado de qué habla pero dice que tuve suerte en llegar hasta acá y me pide una colaboración a consciencia. Hay que aprender a dar para poder recibir, así es el universo, hijo. Meto la mano en el bolsillo y saco mis últimos veinte pesos.  Alejate de la locura de esa mujer. No me atrevo a preguntarle nada entonces nos despedimos y salgo del bar. Vuelvo a mirar el celular, pero esta vez, busco el nombre de Sofía y lo elimino. Las palabras de la gitana me llevan a comprender que no existe peor conspiración que la que uno mismo puede llegar a procurarse y entre cavilaciones elijo regresar caminando a casa.








martes, 9 de abril de 2013

Los libros


Hoy decidí cambiar mi vida. Y para eso, tengo que ordenar mis libros. Parece mentira pero es imprescindible, hay que empezar por los pequeños detalles. Una biblioteca se parece en mucho a un álbum de fotos. Cada libro que surge entre los estantes es una imagen borrosa en la memoria. Ayer vino Sofía y encontró la casa hecha un quilombo. Pero no dijo nada. Solo me remarcó el desorden de la biblioteca. Acá tenés un desastre. Dijo y agarró Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño. Lo abrió y sin dudar recitó una de las frases subrayadas: Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. La frase le gustó pero me criticó por haber marcado el libro. Estuve trabajando, argumenté en defensa propia. Ella dejó el libro sobre el escritorio y siguió inspeccionando mi departamento, ese territorio abandonado.

El último viaje que hicimos fué al Tigre, un fin de semana largo, hace más de un año. Fué un viaje de solo tres días pero llevé tres libros: El banco en la plaza, de Raúl Gonzalez Tuñón, que leí solo por la mitad. Si me necesitas, llámame de Raymond Carver. Al que abro por instinto y veo que también está marcado: El vacío es el principio de todas las cosas. Sonrío. Pienso que lo mínimo que se puede hacer con una frase así, es subrayarla. El tercero de los libros que llevé fué Los sinsabores... de Bolaño, el mismo que Sofía recitó anoche. El azar me hace creer, que no hay un orden posible para ninguna biblioteca. Sin embargo, agarro esos tres libros y los separo del resto. 

Cuando la conocí, ella llevaba un libro en el bolso. Le pregunté que leía y me mostró: Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar. Ese día hablamos de literatura, pero sobre todo hablamos de libros, de lo que un libro puede significar para una persona. Ella me contó que tenía un fetiche con los de tapa color rosa, me dijo que cuando se cruzaba con uno tenía que leerlo con urgencia y me habló de una autora feminista que yo desconocía por completo. Mientras me contaba la historia repasé una lista mental de todos mis libros y recordé el único de tapa rosa que había en mi biblioteca, Hijo de Satanás de Charles Bukowsky. Lo leíste? Le pregunté, ella me dijo que no. La imaginé desnuda en mi cama, leyendo a Bukowsky y por un segundo, creí estar enamorado.

Agarro Historias de cronopios...  y lo coloco junto a los otros tres libros que llevé al Tigre. El orden se torna aleatorio. Ahora comprendo cuáles son los libros que van a ocupar el primer estante de la biblioteca. No hay exclusividad de géneros, solo un nuevo orden, arbitrario y masoquista. Busco entre el montón los libros que me regaló Sofía. Si bien los libros regalados podrían conformar por si mismos un nuevo catálogo, busco solo los que me regaló ella, son dos: Esto no es una pipa de Michel Foucault y El rayo que no cesa de Miguel Hernández. Mientras los coloco junto a los otros entiendo que no existe otra manera de reunir dos libros tan distintos. Pero los dos están dedicados por ella. Una de las dedicatorias me lleva al poema de la página sesenta y cuatro: Tengo los huesos hechos a las penas/ y a las cavilaciones estas sienes:/ pena que vas, cavilación que vienes/ como el mar de la playa a las arenas.

Un libro reúne todos los estados de la vida: el encuentro, el descubrimiento, el amor, la desconfianza, el miedo, la incertidumbre, el aburrimiento, el desengaño, el odio y por último, el abandono. En definitiva,  leer un libro es como amar una mujer. Por eso necesitamos literatura. Ayer hablé por teléfono con mi amigo Dieguez y le conté que tenía ganas de cambiar mi vida. ¿Y qué pensás hacer? me preguntó. Le dije que había empezado por ordenar la biblioteca. Hubo un silencio. Le pregunté qué le pasaba, me contó que estaba deprimido porque se había peleado con su esposa. Intenté persuadirlo de que eso no era algo tan grave como para deprimirse, hasta que me contó el motivo de la discusión: ella le confesó que no lee novelas porque se aburre. Dijo que no las necesita, ¿entendés?. Repetía Dieguez indignado, del otro lado del teléfono. Sí, te entiendo amigo. Le dije, pero no supe si hablábamos de lo mismo.





domingo, 24 de marzo de 2013

Compro vendo permuto


Hace dos días se acabó el arroz. La cena de ayer, un café con leche . Mientras cenaba pensé en mi abuela que siempre me contaba cuando allá en Italia, después de la guerra, había tanta pobreza que comían puré de papas todos los días. Pensé en la nonna y sus cinco hermanos comiendo puré de papas y yo ni papas tenía. También pensé en Sofía, que no me contestó cuando la llamé. Necesito un trabajo urgente.

La valija con rueditas está impecable. El estuche rígido de guitarra lo usé una vez sola. El reloj de bolsillo, me dá pena, era del abuelo, pero cuesta un huevo así que también se suma al combo. Abuelito perdoname. La campera que "encontré" en casa de mis viejos tampoco importa, tienen muchas. Lo que más me duele, son los tres tomos de Las Mil y Una Noches, edición Aguilar, tapa dura, traducción imperdible, que robé de la biblioteca de mi escuela secundaria. El primer libro que tuve en mi vida fue robado, libro de tres tomos vale por tres libros, un comienzo a lo grande. Pero la miseria reduce todo eso, a un instante, como el de hoy, cuando el panadero casi no acepta mis últimos quince pesos en monedas de diez centavos. ¿Tres sanguchitos de miga, quince pesos? Muchas gracias, y le dejé las quince montañitas de monedas embaladas de a diez y el tipo me miraba por encima de sus lentes con vergüenza ajena. Las monedas le servían, lo que no le servía, al parecer, era que gente como yo existiera. Comí uno y guardé dos para más tarde. A la noche completé con un café con leche. 

Despues de unos días, un llamado de número desconocido, era Sofía. Me dijo que no la llamara más, y yo que necesitaba verla, hablar con ella, que tenía ganas de cocinarle algo rico como en los viejos tiempos  le dije y me arrepentí al instante de esa frase. Aceptó cenar conmigo, apenas sale de la facultad viene para casa, a eso de las diez. Miro la billetera sobre el escritorio y sé muy bien que está vacía. Al lado de la billetera, las boletas de alumbrado, barrido y limpieza sobre las otras cuatro boletas de luz, gas, teléfono y agua. 

Compro Vendo Permuto. Indica esperanzador un cartel en la puerta. En el fondo un tipo lee el diario, ni se inmuta con mi presencia. El lugar, repleto de muebles antiguos, sillones, instrumentos musicales, vasijas, bijouteria barata, todo con un cartelito y un precio, adornos extraños, muñecas de porcelana, relojes, electrodomésticos usados, fotografías en blanco y negro. Todo recubierto por una delgada película de polvo. Entonces escucho: ¿Que tenés ahí? El sujeto me acecha con mirada sigilosa y escruta las cosas que le muestro, cuando ve el reloj del abuelo, solo atina a levantar sus cejas y en un ademán desinteresado lo separa del resto. Ahora mira la valija con un énfasis distinto al de hace unos segundos y me dice: ¿Por ésta cuánto pedís?

La frase, por un instante y de alguna extraña manera significa que todavía existe una chance, que esa cena puede llegar a ser un éxito y que junto a Sofía podría ser feliz. La veo sentada a la mesa, detrás de una copa de vino tinto, prueba un bocado y sonríe. Esta imagen circula por mi cabeza mientras pienso una cifra aproximativa y me cuestiono por no haberlo premeditado, por inexperto, por ingenuo o por pura urgencia, le digo el primer número que viene a mi cabeza: doscientos cincuenta. El tipo se aleja y en el fondo aparece alguien más, un nuevo personaje que hasta entonces aguardaba oculto en las sombras del local, miran la valija, la manosean, abren sus cierres, mueven sus manijas y de pronto parecen ponerse de acuerdo. Ciento ochenta pesos por la valija, el reloj y el estuche me dijo que no le interesaban, que de eso tenía mucho y no vendía nada. Los libros ni los saqué de la mochila y la campera me la puse como si no la hubiera ido a vender. 

Ahora, todo parece ordenarse. Pagar al menos una de las boletas y después pasar por el chino. La satisfacción se reduce a esto, hacer las compras. Un instante efímero en el que los productos no son elegidos por su precio sino por su calidad, o por los colores de sus envases, pero no por estar en oferta. Los veo caer en el canasto, acumularse unos encima de otros. Las pastas frescas, la crema, las verduras, el queso parmesano, el pan casero, dos botellas de buen vino tinto, un chocolate con pasas de uva para el postre. Eso es la felicidad. De pronto todo cobra sentido y creo en la certeza de poder ofrecerle algo distinto, ni mejor, ni peor que antes, algo que quizás no se parezca en nada al progreso pero sea lo suficientemente bueno como para que, esta noche, se quede a dormir conmigo.



lunes, 11 de marzo de 2013

Buena vida


Nunca confíes en una mujer, salvo en tu madre. Perdí la noción del tiempo, pero tuve una buena vida. Tuve, la más preciosa mujer. Pero después me quedé solo y tuve la curda más larga. ¿Te invito una copa, nene?

Lo primero que pienso es: este viejo me quiere levantar. Pero acepto el trago. Está acodado en la barra, sobre la plataforma de madera con la vista perdida en un horizonte de botellas. Tendrá unos sesenta años. Camisa azul a cuadros, pantalón de tela gris. Un fuerte olor a alcohol y vejez, le faltan algunos dientes. Hay, en los pliegues de su rostro, una extraña paciencia. Habla sin mirarme. Pide dos whiskys dobles y brindamos. Por la vida.

Tenes novia, nene? Porque si tenés, desonfiá. Es un pedo melancólico, el viejo extraña y necesita hablar con alguien. Todavía faltan veinte minutos para que llegue Sofía. Los jóvenes ya no piensan en la historia. No les importa. No piensan nada más que en sus comodidades. ¿Vos estudiás nene?. Le contesto que sí. Me interrumpe otra vez. Yo dediqué mi vida al amor, por eso, todavía, estoy acá.

Termino mi trago con un gesto dubitativo. Faltan diez minutos para Sofía, para pedirle perdón, reconocer la cagada y que acepte mis disculpas. Esta vez voy a cambiar, de verdad, hermosa, perdoname.

Hay pactos que se establecen con una mirada. No hace falta nada más. Cuando me dijo que la mató y que estaba arrepentido no tuve más opción que creerle. Pidió más whisky al mozo pero esta vez no acepté. Me estoy yendo, gracias.

¿Alguna vez te traicionaron, nene?. Un silencio inmóvil entre nosotros, los hielos de su vaso tintinean suavemente. Llega Sofía y viene a la barra. Me paro y nos abrazamos. Pero antes de irme me acerco al viejo y le digo: gracias por el trago, jefe.  El viejo me guiña un ojo y dice: Chau nene, que tengas buena vida.